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El camino equivocado

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Si estáis en el camino equivocado, el progreso significa dar un giro de ciento ochenta grados y volver al camino correcto.

Si estáis en el camino equivocado, el progreso significa dar un giro de ciento ochenta grados y volver al camino correcto.

En el artículo pasado me referí sucintamente a una moda que, en nuestros tiempos, se ha revestido de un carácter un tanto dogmático; la moda de “encontrar tu pasión”. Sin embargo, me quedé corto a la hora de analizar otros dogmas del mundo moderno. Así que, para hacerle justicia al título del texto anterior, hablaré hoy sobre un dogma tanto más longevo como más sagrado que el de la “pasión”.

El camino equivocado 1

No me cabe la menor duda que vivimos en tiempos de mucha tensión política y social. No nos ponemos de acuerdo en ninguna cosa, no llegamos a ningún consenso, excepto a este: todos —desde los conservadores hasta los progresistas; desde los liberales hasta los socialistas— queremos “progreso”. En los periódicos se lee a menudo que los actores políticos discuten si tal o cual impuesto, tal o cual política pública o tal o cual nueva ley es más “progresiva” o menos “progresiva”. Pero parece que nadie se pregunta qué es exactamente este afamado “progreso” al que todos queremos llegar.

Y si, eventualmente, alguien se lo preguntara, lo más seguro es que no encuentre ninguna respuesta, ya que, por definición, el progreso no es ningún objetivo en sí mismo. Me explico: progresar significa acercarse al lugar donde se quiere estar; a un objetivo que se considere bueno. Si yo quiero cantar como Billy Joel o tocar guitarra como John Denver, puedo progresar, con esfuerzo, en mis habilidades de canto o guitarra; pero primero debo definir cuál es la meta que quiero alcanzar. 

Empero, no puedo progresar hacia el progreso, de la misma manera que no puedo caminar hacia el camino. Como expresó luminosamente G. K. Chesterton: “(…) progreso es simplemente un comparativo cuyo superlativo no hemos determinado aún”. 

¿Cuál es el camino correcto?

Emplearé un inocente ejemplo para aclarar este punto: imagínese que, en sus próximas vacaciones, usted quiere irse de paseo con su familia a un lugar donde pueda descansar, asolearse y disfrutar del mar. Después de comentarlo, se deciden por ir a las playas de Manuel Antonio. Antes de partir, usted busca en el mapa dónde queda el destino deseado y cuál es la vía óptima para llegar en el menor tiempo posible.

camino

Una vez identificados, usted y su familia se ponen en marcha. A medida que se van acercando a su destino, posiblemente verán avisos en carretera que le informan cuántos kilómetros faltan para llegar. Advertirán primero uno anunciando que faltan 25 km, después que faltan 10 km y finalmente, 5 km. Usted y su familia pensarán que están avanzando hacia su objetivo, que se están acercando a Manuel Antonio y al final, llegarán.

Ahora imagínese que usted y su familia no saben a dónde quieren ir en las vacaciones venideras. Lo único que saben es que quieren ir a algún lado. Finalmente, deciden montarse todos al carro y ponerlo en marcha. Piensan, ingenuamente, que lo único que deben hacer para llegar al mejor lugar posible para vacacionar es seguir hacia delante y nunca echar marcha atrás. Lo que sucede, sin embargo, es que no llegan a ningún lado. Porque sin dirección es imposible progresar.

Este dogma está tan profundamente anclado en nuestra sociedad y —sobre todo— es tan poco cuestionado, que a un grupo de pillos se les ocurrió presentarse a ellos mismos y a su ideología como los abanderados incuestionables del “progreso”. Su doctrina es tan simple que, a veces, da lástima; pues creen que todo lo nuevo es bueno y todo lo viejo es malo y que ‘progreso’ y ‘cambio’ son sinónimos absolutos.

Dentro del mercado de las ideologías políticas, cada grupo propone progresar hacia su ideal, esto es, hacia aquello que consideran que es la mejor y más justa forma de organizar una sociedad. Los socialdemócratas quieren avanzar hacia la socialdemocracia, los liberales desean acercarse al liberalismo y los socialistas quieren progresar en dirección al socialismo. Los “progresistas”, por su parte, no saben hacia donde quieren avanzar; lo único que saben es que quieren avanzar más rápido que todos los demás. 

A veces, sin embargo, lo más progresivo que una persona o una sociedad pueden hacer es, justamente, echar marcha atrás. Volviendo al ejemplo anterior, si mi destino de vacaciones son las playas de Manuel Antonio y, camino a ellas, no veo la entrada y paso de largo, la forma más rápida de progresar hacia mi meta es, justamente, devolviéndome.

“Si estáis en el camino equivocado, el progreso significa dar un giro de ciento ochenta grados y volver al camino correcto, y en este caso, el hombre que se vuelve antes es el hombres más progresista”, afirmó el célebre escritor inglés C. S. Lewis.

No pongo en duda que la gran mayoría de las personas (los “progresistas” incluidos) desean que su sociedad progrese, es decir, que se acerque más hacia aquello que es bueno, justo, noble y verdadero. El problema es que no nos logramos poner de acuerdo sobre qué es lo bueno, lo justo, lo noble y lo verdadero.

No obstante, si queremos progresar como civilización, lo primero que debemos hacer es determinar dónde nos gustaría estar y después movernos en esa dirección. Una vez decidida la meta, podremos discutir sobre cuál es el mejor camino para llegar a esta. Pero si no consentimos en un objetivo común, tomemos el camino que tomemos, podemos estar seguros que será el camino equivocado.

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