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La caridad empieza por casa

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Antes de dilucidar qué es la caridad, explicaré qué no es: la caridad no es aquello que no empieza por casa, es decir, por mi entorno inmediato.

Antes de dilucidar qué es la caridad, explicaré qué no es: la caridad no es aquello que no empieza por casa, es decir, por mi entorno inmediato.

La Verdad es una señorita tímida y esquiva, a quien no le gusta llamar la atención. No la encontraremos, sentada en butaca preferencial, viendo la fastuosa Nabucco de Verdi, ni cenando en su traje de gala en Le canard français, acompañada de la crema y nata de la sociedad. Por el contrario, ella se camufla entre la gente de a pie y, para vislumbrarla, mejor nos iría visitando la Feria del Agricultor o el Mercado Central. Es aquí, mientras hablamos con la gente común, que escucharemos frases como: “Mejor pájaro en mano que cien volando” o “A caballo regalado no se le mira el colmillo”. Estos dichos populares, cincelados por la tradición, son más veraces que las elegantes teorías de los intelectuales que se sientan a discutir, champagne en mano, en Le canard français

De todas estas proverbiales proposiciones, hay una que siempre me ha llamado la atención por encima de las demás. Ya sea por su simple complejidad o por su paradójica veracidad, el refrán “La caridad empieza por casa” contiene un significado bello y profundo, el cual intentaré analizar en este artículo.

Para hacer esto, empezaré por el revés y, antes de dilucidar qué es la caridad, explicaré qué no es. Muy sencillo (el mismo proverbio lo aclara); la caridad no es aquello que no empieza por casa, es decir, por mi entorno inmediato. Me explico; bien se podría pensar que, hoy día, la caridad es una de las virtudes más predominantes en nuestra sociedad. Y esto no solo porque el resto de ellas estén en vía de extinción, sino porque las nuevas generaciones (los llamados ‘millenials’) suelen repetir —cual estribillo grandilocuente— que desean “generar un impacto en la sociedad” y “cambiar el mundo”.

Sin embargo, se les olvida un pequeño detalle: que las personas, las sociedades y el mundo son tan complejos que sobrepasan la capacidad de entendimiento de la mente humana. Y si, como reza otro refrán, “Cada persona es un mundo”, cada sociedad es un conjunto de millones de mundos. Bajo esta premisa, generar un impacto en la sociedad (y que este sea positivo) solo es posible si se empieza por lo particular, es decir, por casa o incluso por uno mismo.

Y esto es así porque, como afirmó el afamado escritor ruso Alexander Solzhenitsin, “la línea que separa el bien del mal atraviesa el corazón de cada uno (de nosotros)”. Por lo tanto, la batalla entre estas dos fuerzas se libra, primeramente, en nuestro interior. 

¿La caridad es cuestión de ideologías?

Así pues, hay que tener especial cuidado con las ideologías que señalan a determinados grupos de personas como los principales (o únicos) culpables de los problemas de una sociedad. Un pequeño repaso de la historia del siglo pasado nos recordará que dichas doctrinas, una vez ancladas en el poder, devinieron en las más brutales dictaduras. ¿O acaso no llegó Hitler al poder en Alemania acusando a los judíos y Lenin, en Rusia, al Zar y la aristocracia?

La caridad empieza por casa 1

Pretender mejorar el mundo a través de este tipo de activismo ideológico no solo es imposible, sino que, probablemente, ocasionará el efecto contrario al deseado, a saber, empeorarlo. No sin razón, la etimología de uno de los nombres que la tradición cristiana le otorgó al ser que representa la maldad es “el acusador”.

De manera que, si quiero generar un impacto positivo en la sociedad, debo empezar de lo particular a lo general; no viceversa. Porque lo particular es menos complejo que lo general y si no he logrado mejorar lo particular, ¿por qué creo ser capaz de mejorar lo general?

Emplearé un ejemplo, aunque sea un tanto burdo, para explicarme. Supongamos que yo decidiera empezar a practicar levantamiento de pesas. La sensatez me diría que, para alguien que ha llevado una vida predominantemente sedentaria (como es mi caso), lo mejor es empezar poco a poco, quizá alzando la barra sola, sin ningún peso extra.

A menudo que vaya ganando técnica y masa muscular, podré irle agregando discos de 10, 20 y hasta 25 kilogramos. Si soy dedicado y perseverante en la práctica de este ejercicio, puede que, en un año, esté levantando unos 80 o 100 kg.  Por el contrario, si en mi primer día de práctica decido que voy a comenzar levantando 190 kg —lo mismo que el actual campeón olímpico— lo más seguro es que me dañe la espalda.

Exactamente lo mismo sucede con la caridad. No tratemos de acabar con el hambre en África o con la pobreza en Pakistán; primero intentemos perdonar a un amigo que nos ha defraudado, ser amable con nuestro hermano o ayudar a nuestros abuelos. Haciendo estas humildes faenas nos daremos cuenta que no son tan sencillas como aparentan pero que, al menos, son realizables. 

caridad

Como ya mencioné antes, la caridad es una virtud y esta se manifiesta en actos desinteresados de bondad hacia los demás, especialmente aquellos más necesitados. Sin embargo, para ser caridad debe empezar por casa, de lo contrario no es más que buenas intenciones y, como dice otra frase popular, “De buenas intenciones está empedrado el camino del infierno”.

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