Panamá acaba de escribir un nuevo capítulo en su historia natural, y esta vez el protagonista tiene antenas largas, un cuerpo marrón lleno de tubérculos y un nombre que ya forma parte de la ciencia mundial: Hexacona veronicae. La nueva especie de escarabajo longicornio descubierta en Panamá fue descrita por un equipo de entomólogos panameños, colombianos y franceses, y representa mucho más que un hallazgo académico: es una señal clara de que los bosques panameños todavía guardan secretos que esperan ser nombrados.
Un género que nunca antes había cruzado la frontera
Hasta hace poco, el género Hexacona era territorio exclusivo de Costa Rica. Nadie lo había registrado en Panamá, a pesar de la cercanía geográfica y de más de un siglo de historia taxonómica desde que el naturalista inglés Henry Walter Bates lo describió por primera vez. Ese vacío acaba de cerrarse. El ejemplar que cambió el mapa fue colectado en 2017 en la localidad de Lagunas, en la ruta que conecta Chiriquí con Bocas del Toro, una zona de transición ecológica que ya había dado sorpresas antes.
Hoy, ese espécimen reposa en la Colección Nacional de Referencia del Museo de Invertebrados G. B. Fairchild de la Universidad de Panamá, como evidencia física de un descubrimiento que amplía oficialmente la distribución del género hasta territorio istmeño.
El inigualable Hexacona veronicae
Los escarabajos longicornios —o cerambícidos— son reconocidos por sus antenas extraordinariamente largas, que en muchas especies superan el largo del propio cuerpo. El género Hexacona se distingue dentro de este grupo por una coloración marrón característica y, sobre todo, por una serie de tubérculos en el dorso que lo hacen inconfundible al ojo entrenado.
Hexacona veronicae lleva el nombre de alguien cercano al investigador principal, un detalle que humaniza la ciencia y recuerda que detrás de cada binomio latino hay personas reales con historias propias.
La descripción formal fue publicada en la revista científica Faunitaxys, una publicación especializada en taxonomía zoológica de reconocimiento internacional.
El equipo detrás del hallazgo
La investigación reunió a cuatro especialistas con afiliaciones a instituciones de primer nivel: Alfredo Lanuza-Garay y Kimberly Garcia (Universidad de Panamá, Centro Regional Universitario de Colón), Marleny Rivera (Museo de Invertebrados G. B. Fairchild y el Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales) y Alain Audureau (Universidad de Georgia, Estados Unidos).
Que un investigador nacido y formado en Colón encabece un hallazgo de esta magnitud no es un dato menor. Lanuza-Garay acumula más de 15 especies descritas en Centro y Suramérica, una trayectoria que lo posiciona como una de las voces más activas en la entomología centroamericana. Su trabajo demuestra que la ciencia de frontera no siempre se hace desde los grandes centros metropolitanos.
La voz del experto: por qué esto importa más allá del laboratorio
En palabras del propio Lanuza-Garay, el alcance del descubrimiento va mucho más allá de sumar una especie a una lista:
“Este descubrimiento posiciona a Panamá como un punto vital de biodiversidad en la región, si bien es cierto contamos con más de 1000 especies de escarabajos de antenas largas, cada año contabilizamos nuevas especies, especialmente en las provincias de Chiriquí, Darién y la franja canalera, compartida por las provincias de Panamá, Panamá Oeste y Colón, así como la región este de la provincia de Panamá cercana a la comarca de Guna Yala.”
Esas palabras merecen ser subrayadas: con más de mil especies de longicornios ya documentadas, Panamá sigue produciendo registros nuevos cada año. La biodiversidad entomológica del istmo no es un inventario cerrado; es un sistema vivo que todavía se está revelando.
El lado urgente de la historia
El entomólogo también advierte sobre la otra cara de la moneda. El descubrimiento llega en un contexto en que la pérdida de bosques avanza a un ritmo que supera la capacidad de los investigadores para documentar lo que aún existe. Como señala Lanuza-Garay:
“La pérdida de los mismos aumenta rápidamente así como la acción humana, lo que hace imperante impulsar políticas públicas y fortalecer la gestión y protección de áreas naturales en todo el país.”
Traducido a términos concretos: cada hectárea deforestada en Chiriquí, Darién o la franja canalera podría estar borrando especies que ni siquiera conocemos todavía. Hexacona veronicae fue encontrada justo a tiempo.
Ciencia ciudadana: el siguiente paso
Uno de los puntos más visionarios del trabajo de Lanuza-Garay es su apuesta por democratizar la ciencia. No basta con que los especialistas hagan el trabajo solos: el investigador propone integrar la ciencia ciudadana en programas escolares y de educación superior como mecanismo para ampliar la cobertura del inventario de biodiversidad nacional.
Es una idea que tiene respaldo global. Plataformas como iNaturalist ya demuestran que observadores no profesionales pueden contribuir datos valiosos cuando están bien orientados. En un país con la densidad biológica de Panamá, ese potencial es enorme.
Chiriquí, un punto caliente que sigue sorprendiendo
No es casualidad que este hallazgo venga de Chiriquí. La provincia, con su variado gradiente altitudinal —desde las costas del Pacífico hasta las tierras altas de Boquete y la transición hacia Bocas del Toro— concentra una mezcla de ecosistemas que actúa como corredor para especies de origen tanto suramericano como norteamericano.
La localidad de Lagunas, donde fue colectado el espécimen, está precisamente en esa zona de intersección biológica. Que Hexacona, un género costarricense, aparezca allí sugiere que el corredor biológico mesoamericano funciona de maneras que aún estamos cartografiando.
Panamá nombra lo que aún no conoce
Hexacona veronicae no es solo un escarabajo nuevo. Es un recordatorio de que la biodiversidad panameña tiene capas que todavía estamos por descubrir, y de que la ciencia local, hecha con recursos limitados pero con rigor y pasión, puede producir conocimiento de alcance global.
El desafío ahora es doble: acelerar la investigación antes de que los bosques sigan retrocediendo, y construir una cultura científica que involucre a toda la sociedad, desde las aulas de primaria hasta las políticas de estado.
¿Cuántas especies más estarán esperando ser nombradas en los bosques que quedan? ¿Estamos haciendo lo suficiente para proteger los hábitats que las albergan antes de que desaparezcan sin dejar rastro?
FUENTE / IMÁGENES: Nota de prensa.
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