Cuando el río se desbordó y el agua entró a las casas a más de un metro de altura, las cuatro personas que vivían en la zona más vulnerable ya estaban a salvo. No porque llegó el gobierno a tiempo, no porque existiera un sistema nacional de alerta eficiente, sino porque una mujer en Guaymango llevaba horas midiendo la lluvia con un pluviómetro y supo exactamente cuándo enviar el mensaje por WhatsApp. Esa es la historia de las mujeres de El Salvador que usan ciencia comunitaria para proteger sus comunidades de inundaciones y sequías, y es una de las historias de resiliencia climática más poderosas que están ocurriendo hoy en América Central.
Una red que nació del desastre y creció con la ciencia
Todo comenzó en 1998, cuando el huracán Mitch —uno de los diez más intensos del Atlántico registrados por la NOAA, con más de 11.000 muertes y 8.000 desaparecidos— arrasó las comunidades costeras del departamento de Ahuachapán. Ante la devastación, las comunidades entendieron algo que ningún manual les había enseñado: si querían sobrevivir a la próxima tormenta, tenían que prepararse ellas mismas.
Así surgió de forma espontánea la Red de Monitoreo Hidroclimático Comunitario, que con el tiempo y el apoyo de la Unidad Ecológica Salvadoreña (UNES) y la Universidad de El Salvador (UES) fue adquiriendo herramientas, metodología y rigor científico. Hoy la integran 19 personas: 12 mujeres y siete hombres que trabajan activamente en la adaptación climática de 13 comunidades del municipio de Ahuachapán Sur, en la costa occidental del país.
Los números detrás de la red
La infraestructura de monitoreo que estas comunidades han construido es más sólida de lo que muchos imaginan:
- 13 puntos de monitoreo de lluvia en la cuenca alta, media y baja de los ríos Paz y Cara Sucia
- 4 puntos de temperatura y humedad
- 11 puntos de muestreo físico-químico de agua en los manglares del municipio
Los datos se registran en bitácoras y se comparten en grupos de WhatsApp que conectan a monitoras de distintos puntos de la cuenca. Un sistema de comunicación sencillo pero efectivo que ha demostrado, en situaciones reales de emergencia, su capacidad para salvar vidas.
Cuando el dato científico viene de la comunidad
“Antes no sabíamos que al haber mucha lluvia se perdían las hortalizas”, reconoce Glenda Lara Mangandi, monitora de El Porvenir. Hoy, con pluviómetro en mano, es ella quien registra la lluvia acumulada en las últimas 24 horas y genera las alertas que llegan a agricultoras y vecinos antes de que el río se desborde. El trabajo de Sara García, defensora ambiental e integrante de la red desde sus inicios, ilustra perfectamente cómo funciona el sistema en la práctica.
Durante el paso de la tormenta tropical Julia en octubre de 2022, García monitoreaba Guaymango cuando detectó más de seis horas consecutivas de lluvias intensas. Emitió la alerta hacia la cuenca baja, las monitoras de las playas Metalillo, Monzón y Costa Azul la recibieron y coordinaron con un centro de salud cercano para evacuar a cuatro personas en zonas de alto riesgo.
Dos horas después, “el río se desbordó totalmente y se metió a todas esas casas a más de un metro de altura”. Las personas ya estaban fuera. El sistema funcionó exactamente como debía.
Semillas criollas: soberanía alimentaria como estrategia climática
La adaptación climática de estas mujeres va más allá del monitoreo del agua y las alertas tempranas. Han construido también un banco de semillas criollas resistentes al clima extremo que es, en sí mismo, una declaración de independencia frente a los efectos más devastadores del cambio climático.
La propia Lara Mangandi es la guardiana de este banco, que conserva variedades adaptadas al calor y la sequía de la costa salvadoreña: maíz negro y amarillo, tomate, chile jalapeño, berenjena, pipianes, flor de Jamaica, yuca, plátano, rábano y pepino. Cultivos que no son solo alimentos, sino el sustento económico de familias que venden productos agroecológicos en ferias locales como principal fuente de ingresos en una de las zonas con mayor pobreza multidimensional del país.
Según datos del PNUD, el 50% de la población del municipio de Ahuachapán Sur vive en condición de pobreza multidimensional. En ese contexto, perder los cultivos en una inundación no es solo un contratiempo: puede ser una crisis que tarde años en superarse. Las semillas resistentes y el monitoreo climático oportuno son, para estas mujeres, dos caras del mismo escudo protector.
El Niño en el horizonte: el reto más grande está por llegar
Si la red ya enfrenta desafíos serios, lo que viene en los próximos meses eleva la tensión a otro nivel. La Organización Meteorológica Mundial (OMM) advirtió que el fenómeno de El Niño podría evolucionar de fuerte a muy fuerte, con su punto máximo entre noviembre de 2026 y enero de 2027. La NOAA estima un 69% de probabilidad de que entre octubre y noviembre se convierta en un evento histórico que superaría en intensidad todos los registros desde 1950.
Para las monitoras de Ahuachapán Sur, la noticia no llegó como sorpresa. Entre marzo y abril ya registraban datos de lluvia escasa consistentes con las condiciones de El Niño: solo 14,4 mililitros en Paz y Progreso, 4 ml en Bola de Monte, 1,4 ml en El Tamarindo. Mientras los sistemas meteorológicos nacionales emitían alertas, ellas ya tenían los números en sus bitácoras.
El escenario que proyecta la UNES es crítico: déficit de precipitaciones, sequías prolongadas y aumento de temperaturas que afectarán directamente los medios de vida de la población rural. A eso se suma la alerta de la OPS sobre riesgos de enfermedades asociadas al calor y al agua contaminada: cólera, dengue, malaria, zika y chikunguña. Las monitoras de Guaymango ya preparan repelentes naturales a base de leche para proteger sus cultivos agroecológicos de las plagas que proliferan con el calor.
Guardianas del manglar: lodo, ciencia y futuro
Hay una dimensión de este trabajo que ocurre literalmente en el barro. Las mujeres de la red también son guardianas activas del Sitio Ramsar Complejo Barra de Santiago, un ecosistema de manglares que actúa como barrera natural contra inundaciones, erosión costera y mareas altas, pero que lleva décadas deteriorándose por el bloqueo de canales y la salinización causada por la agricultura industrial.
Las monitoras limpian canales para que el agua fluya, reforestan con mangle negro (Avicennia germinans) y monitorean parámetros biofísicos del agua con apoyo de la UES. Solo en 2023 reforestaron 1,5 hectáreas en la zona del canal Los Tubos, en Garita Palmera. Una cifra que puede parecer pequeña pero que el biólogo independiente Néstor Herrera, con 35 años de seguimiento al ecosistema, reconoce como fundamental: sin ese trabajo comunitario, el manglar estaría en condiciones mucho peores.
El dato científico que generan les sirve también como respaldo para exigir protección institucional de su territorio. Una apropiación de la información que, como señala Asunción Martínez, de la UNES, “ayuda a reducir los impactos en pérdidas y daños que se puedan ocasionar debido a estos eventos extremos”.
Cuando la comunidad es la primera línea de defensa
La historia de las monitoras de Ahuachapán Sur plantea una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué ocurre cuando el Estado no llega a tiempo y son las propias comunidades las que tienen que construir sus sistemas de protección desde cero? La respuesta, en este caso, es inspiradora: se construye con pluviómetros, con semillas, con WhatsApp y con décadas de perseverancia.
FUENTE / IMÁGENES: Mongabay.
¿Crees que los modelos de ciencia comunitaria como este deberían recibir más apoyo institucional y financiamiento público? ¿Qué lecciones puede tomar el resto de América Latina de lo que estas mujeres están construyendo en El Salvador?
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