Hay lecciones que solo se aprenden parado frente a una ladera que ya cobró vidas. Rances Tello, estudiante de la Universidad Tecnológica de Panamá (UTP), tuvo esa experiencia en mayo de 2026, cuando fue seleccionado como el único representante panameño en la IEEE GRSS Geo-Resiliencia School El Salvador 2026. Lo que aprendió allí sobre cómo usar satélites para prevenir desastres naturales en Centroamérica no solo cambió su perspectiva profesional: es exactamente el tipo de conocimiento que países como Panamá necesitan con urgencia.

El desastre que nadie predijo: Verapaz, 2009
Para entender por qué esta historia importa, hay que retroceder al 7 de noviembre de 2009. Ese día, 355 milímetros de lluvia cayeron en cinco horas sobre el flanco norte del Volcán San Vicente, en El Salvador. El suelo, saturado y sin vegetación suficiente que lo anclara, cedió. Los lahares —flujos de lodo volcánico— bajaron a 40 kilómetros por hora por las quebradas naturales y arrasaron el municipio de Verapaz en minutos. Más de 250 personas perdieron la vida. Nadie había sido advertido.
Dieciséis años después, Rances se paró en ese mismo volcán, en la zona conocida como Los Infiernillos, mirando las laderas que los satélites le habían mostrado desde el espacio días antes. El contraste entre lo que ocurrió entonces y lo que la tecnología puede hacer hoy es el corazón de toda esta historia.
Qué es IEEE GRSS y por qué su escuela importa
La IEEE GRSS —Geoscience and Remote Sensing Society— es la sociedad científica internacional de referencia en tecnologías satelitales aplicadas a la observación de la Tierra. No es un evento más en el calendario académico: es donde se concentra el conocimiento más avanzado sobre cómo leer nuestro planeta desde el espacio para tomar decisiones que salven vidas.
La escuela fue organizada por el capítulo estudiantil IEEE GRSS de la Universidad de El Salvador, y su foco era uno solo: ¿cómo pueden los satélites ayudarnos a anticipar desastres naturales antes de que ocurran?
Tres días intensos. Tres respuestas concretas.
Día 1: Aprender a leer la Tierra desde el espacio
El primer día estuvo dedicado a dos herramientas que cualquier profesional del riesgo debería conocer hoy.
Sentinel-2, el satélite óptico de la Agencia Espacial Europea, captura imágenes en bandas del espectro que el ojo humano no puede ver. Con ellas se calcula el NDVI, un índice que mide la densidad y salud de la vegetación. Una zona con NDVI bajo significa suelo sin raíces que lo anclen. En un flanco volcánico, eso es una condición de riesgo directa y medible.
Sentinel-1, en cambio, usa radar. No depende de la luz solar ni le afectan las nubes, una ventaja crítica en Centroamérica durante la temporada lluviosa, precisamente cuando ocurren los desastres. Este satélite mide la humedad del suelo: cuando está saturado, la señal radar rebota diferente. El lahar de 2009 fue precedido por días de lluvia continua. Sentinel-1 puede detectar esa saturación antes de que el suelo ceda.
Día 2: Del dato satelital al terreno real
El segundo día los participantes se trasladaron al Volcán San Vicente. En estaciones rotativas midieron temperatura geotérmica, registraron datos GPS de deformación del suelo y observaron en campo lo que el modelo satelital había identificado como zonas de riesgo.
La pendiente pronunciada del flanco norte, las quebradas que actúan como canales naturales de flujo, las laderas con vegetación escasa: todo coincidía. Ver con los propios ojos lo que los algoritmos habían señalado desde el espacio es una de esas experiencias que convierte información en convicción.
Día 3: Construir un modelo que funciona con herramientas gratuitas
El tercer día, el equipo multidisciplinario desarrolló un modelo de susceptibilidad a lahares para Los Infiernillos. Combinaron cinco variables geofísicas con fundamento científico: pendiente del terreno, cobertura vegetal, humedad del suelo por SAR, índice de acumulación hídrica y suelo expuesto. Cada variable tenía un peso derivado de la literatura científica sobre lahares volcánicos, no de decisiones arbitrarias.
El resultado fue un mapa que clasifica el territorio en cuatro niveles de susceptibilidad, del muy bajo al muy alto. Y lo más relevante: fue procesado con herramientas de código abierto como Google Earth Engine, SNAP y QGIS, herramientas que cualquier institución pública puede usar sin presupuestos millonarios.
Eso cambia por completo la conversación sobre quién puede acceder a este tipo de tecnología.
La lección más importante: el problema no es la tecnología
Los satélites Sentinel pasan cada cinco días. Pueden detectar cambios en la vegetación, saturación del suelo y deformación del terreno de forma continua, gratuita y abierta. La barrera no es económica ni tecnológica.
Como señala Tello con precisión: “Los satélites pueden salvar vidas, pero solo si existe alguien capaz de traducir sus datos en decisiones concretas para quienes viven en zonas de riesgo”.
Esa traducción es exactamente lo que falta. Y es una brecha de capacidad humana, no de infraestructura espacial.
Panamá en el espejo de El Salvador
La lección va más allá de El Salvador. Panamá no es ajena a este problema. Colón, Darién, las cuencas del Canal, las comunidades indígenas en zonas de alta pendiente: todas tienen exposición a deslizamientos, inundaciones y lahares.
En la mayoría de esos territorios, el monitoreo continuo no existe. Panamá necesita más jóvenes formados en esa traducción. Necesita capítulos IEEE GRSS que hoy no existen. Necesita que las instituciones públicas aprendan a leer imágenes satelitales antes de que el siguiente desastre llegue sin aviso, como llegó en Verapaz en 2009.
La historia de Rances Tello no es solo inspiradora, es una hoja de ruta. Demuestra que un estudiante universitario, con formación adecuada y acceso a herramientas abiertas, puede construir modelos de riesgo que los gobiernos aún no tienen. Y eso, en un país con la geografía y la exposición climática de Panamá, debería ser una prioridad de política pública, no solo un logro académico individual.

El futuro de la prevención está en quienes sepan leer los datos
La geo-resiliencia no es ciencia ficción ni tecnología reservada para potencias espaciales. Es una disciplina accesible, urgente y profundamente humana. Los satélites ya están ahí arriba, orbitando, recopilando datos cada cinco días sobre nuestras laderas, nuestros ríos y nuestros suelos. La pregunta es si vamos a formar a las personas que sepan qué hacer con esa información.
FUENTE / IMÁGENES: Web de la Salud.
IMÁGENES ADICIONALES: Li.
¿Debería Panamá invertir de forma urgente en programas universitarios de teledetección y gestión del riesgo? ¿Cuántos desastres podrían haberse mitigado si existieran más profesionales capaces de interpretar datos satelitales en tiempo real? ¿Conoces iniciativas similares en tu país que merezcan más visibilidad?
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