Después de casi una década de silencio costero, la tortuga baula vuelve a anidar en el Pacífico panameño. Tres hembras de Dermochelys coriacea —la tortuga más grande del mundo y una de las más amenazadas del planeta— dejaron sus nidos en la playa El Fondiaderito, muy cerca de la comunidad de Jaqué, en la provincia de Darién.

El hallazgo, confirmado en agosto de 2026, marca un hito histórico para la conservación marina en Panamá y enciende una señal de esperanza en medio de una crisis que ha reducido la población de esta especie en el Pacífico Oriental en más del 95% desde los años 80.
Una especie al borde del abismo
Para entender el peso de este regreso, hay que conocer la magnitud de lo que se ha perdido. La tortuga baula (Dermochelys coriacea) es la más grande de las siete especies de tortugas marinas existentes y una de las más amenazadas del planeta. Sus poblaciones han colapsado en varias regiones del Pacífico Oriental Tropical de una forma que no tiene precedentes recientes en la conservación de reptiles marinos. Las playas de México y Costa Rica fueron históricamente los sitios de reproducción y desove más importantes del mundo para esta especie.
En el pasado se registraban miles de nidos por temporada. Hoy esa cifra ha caído a niveles críticamente bajos. La disminución se ha extendido por todo el corredor migratorio del Pacífico, convirtiendo cada nido confirmado en un dato de altísimo valor científico. El biólogo Marino Ábrego, subdirector de la Dirección de Costas y Mares de MiAMBIENTE, lo expresó con números contundentes: la población estimada de hembras anidantes de tortuga baula en todo el Pacífico Oriental Tropical se sitúa hoy en menos de 500 individuos adultos.
Casi una década sin rastros
En Panamá, la situación no es diferente. La anidación de la tortuga baula en el Pacífico panameño disminuyó drásticamente en las últimas décadas. Según datos de la Fundación Agua y Tierra, los registros más recientes son alarmantemente escasos: en 2014 se reportaron dos nidos en playa Horcones, en la provincia de Los Santos, y en playa Mata Oscura, en Veraguas, se contabilizaron únicamente dos nidos, uno en 2014 y el último en 2017. Desde entonces, casi una década de ausencia confirmada en el Pacífico. La especie sigue anidando con cierta regularidad en el Caribe panameño, pero su desaparición del Pacífico encendió las alarmas sobre el estado real de sus poblaciones en esta región.

El regreso: tres nidos y 178 huevos protegidos
El hallazgo en Jaqué, Darién, no fue producto del azar. Fue el resultado del trabajo conjunto entre la comunidad local, la Organización Protectora de la Tortuga Marina y la Biodiversidad de Jaqué y el equipo técnico de conservación de la Regional de Darién de MiAMBIENTE. Durante esta temporada se registraron tres eventos de anidación, una cifra sumamente significativa para la biología de conservación en la región.

En total se trasladaron 178 huevos a un vivero de incubación como medida preventiva ante las amenazas que afectan a los nidos en playa abierta: depredación por fauna silvestre y perros sin supervisión, erosión costera y perturbación humana. Se espera que el nacimiento de las crías ocurra entre septiembre y octubre de 2026.
Amenazas latentes
El regreso de la baula es una buena noticia, pero no un punto de llegada. Las amenazas que llevaron a la especie al borde de la extinción regional siguen activas y son múltiples.
Entre las principales se encuentran la pesca incidental, que atrapa y mata tortugas en redes destinadas a otras especies; el saqueo de nidos para consumo de huevos; la contaminación marina por plásticos y luz artificial que desorienta a las crías recién nacidas; y la depredación de nidos por animales domésticos y silvestres.
A estos factores se suman la erosión de playas, el desarrollo costero no planificado y los efectos progresivos del cambio climático, que alteran las temperaturas de incubación y la disponibilidad de playas aptas. Proteger tres nidos es un logro. Sostener ese esfuerzo en el tiempo es el verdadero desafío.
La ciencia y las comunidades como aliadas
Panamá no enfrenta este reto solo ni desde las instituciones gubernamentales. Iniciativas científicas de largo aliento están construyendo el conocimiento necesario para actuar con precisión.
Uno de los proyectos más relevantes es el liderado por la Fundación Leatherback Project, centrado en el monitoreo de tortugas marinas en la Zona Especial de Manejo Marino Costera del Archipiélago de Las Perlas. Con el apoyo de transmisores satelitales y expediciones marinas, el proyecto busca identificar amenazas, nuevos sitios de alimentación y rutas migratorias que la tortuga baula utiliza en aguas panameñas.
Los datos recopilados por esta iniciativa ya han tenido consecuencias concretas: impulsaron la creación del Refugio de Vida Silvestre de Isla Saboga y la aprobación de la histórica ley que otorga Derechos de la Naturaleza a las tortugas marinas en Panamá. Un marco legal que convierte la protección de estas especies en algo más que una recomendación técnica.

El Plan de Acción OPO: una respuesta regional
A nivel estratégico, Ábrego destacó la importancia del Plan de Acción de la Red Laúd del Océano Pacífico Oriental (OPO), que establece medidas coordinadas entre países para estabilizar e incrementar la población de tortuga baula adulta mediante la reducción de la mortalidad incidental y la protección estricta de nidos y crías. La conservación de una especie migradora exige coordinación transfronteriza. No hay otra forma.

La tortuga baula no es la única especie en riesgo en aguas panameñas. Las cinco especies de tortugas marinas presentes en el país —la lora o golfina (Lepidochelys olivacea), la carey (Eretmochelys imbricata), la baula (Dermochelys coriacea), la caguama o boba (Caretta caretta) y la verde o prieta (Chelonia mydas)— están incluidas en el Apéndice I de CITES y en la Lista Roja de la UICN.
Todas ellas enfrentan presiones similares, aunque con distintas intensidades según la especie y la región. El regreso de la baula al Pacífico panameño es, en ese contexto, una señal que va más allá de una sola especie.
Es un indicador del estado del ecosistema marino costero de Darién y del impacto real que puede tener la conservación cuando la comunidad, la ciencia y el Estado trabajan en la misma dirección.
Cada nido cuenta, cada cría también
Una población que ha caído más del 95% no se recupera con tres nidos en una temporada. Pero esos tres nidos, y los 178 huevos que ahora incuban en un vivero de Darién, representan algo que la ciencia de la conservación valora enormemente: evidencia de que la especie no ha abandonado este corredor, de que las condiciones pueden ser aptas para su regreso y de que el trabajo de las comunidades y los equipos técnicos tiene resultados reales.
El Pacífico panameño vuelve a ser, después de casi una década, parte del mapa reproductivo de la tortuga más grande del mundo. Y eso, en el estado actual de la biodiversidad global, merece ser celebrado con cuidado y con compromiso renovado.
FUENTE / IMÁGENES: MiAMBIENTE.
¿Sabías que menos de 500 hembras de tortuga baula quedan en todo el Pacífico Oriental? ¿Crees que Panamá está haciendo suficiente para proteger su biodiversidad marina? Déjanos tu opinión en los comentarios y comparte esta historia: cada vez que una noticia de conservación llega a más personas, también llega más presión para proteger lo que aún queda.

