Hay personas que llegan a un país con una maleta y se van dejando bosques enteros. Jorge Matsufuji fue una de ellas. Este empresario de origen japonés aterrizó en Panamá en 1965 con motivos comerciales, pero terminó escribiendo uno de los capítulos más bonitos en la historia ambiental del país. El legado de Jorge Matsufuji en la reforestación de Panamá no se mide en hectáreas ni en estadísticas: se mide en generaciones que aprendieron a plantar antes de aprender a olvidar.

De los negocios a los bosques: un giro que cambió todo
Matsufuji no era biólogo ni activista de carrera. Era un empresario que supo leer algo que muchos ignoran: que el vínculo con un territorio va mucho más allá de lo económico. Su arraigo con Panamá creció con los años hasta convertirse en un compromiso genuino con la gente y con el entorno natural que los rodea.
Es conocido también por haber fundado el restaurante Matsuei en 1977, pionero de la gastronomía japonesa en el país. Pero mientras construía ese puente cultural a través de la cocina, ya estaba sembrando otro tipo de raíces: las de los árboles que hoy dan sombra en avenidas, patios escolares y comunidades rurales de todo el país.
La acción de Fundación ShinMatsu
El vehículo de su transformación fue la Fundación ShinMatsu, a través de la cual impulsó durante décadas programas de siembra de árboles en escuelas, comunidades rurales y espacios urbanos.
El enfoque no era reforestar por reforestar: había una filosofía detrás, una convicción de que los árboles solo perduran si las personas los entienden como propios.

El guayacán —especie nativa del ecosistema panameño— se convirtió en su árbol emblema, clave para masificar su siembra en contextos donde antes brillaba por su ausencia: patios de colegios, parques urbanos, zonas en desarrollo. Gracias a ese trabajo sistemático, el guayacán hoy no es solo un símbolo natural de Panamá; es un elemento visual cotidiano que millones de panameños asocian con identidad y belleza.
El programa “Manitos”: sembrar árboles y conciencia al mismo tiempo
Uno de los pilares más poderosos del trabajo de Matsufuji fue la educación ambiental. Y aquí es donde su impacto se vuelve verdaderamente extraordinario.

A través del programa “Manitos”, miles de estudiantes participaron en jornadas de reforestación que iban mucho más allá de clavar un arbolito en la tierra. Cada siembra era una lección: sobre ecosistemas, sobre responsabilidad, sobre el tiempo largo que requiere el crecimiento. No se sembraban solo árboles —se sembraba conciencia ecológica en manos pequeñas que luego crecieron y recordaron.
Un impacto que perdura
El alcance geográfico de su labor fue notable. Provincias como Chiriquí, Veraguas y Coclé recibieron programas de reforestación que todavía son visibles tanto en el paisaje como en la memoria colectiva de sus comunidades.
En zonas rurales donde la deforestación había dejado suelos agotados, su trabajo ayudó a recuperar cobertura vegetal, generar sombra, retener humedad y mejorar la calidad de vida de familias que dependían directamente de ese entorno.
Y el componente educativo era inseparable del operativo. No bastaba con plantar: había que garantizar que alguien cuidara esos árboles después. Por eso cada jornada incluía formación, seguimiento y una transferencia real de responsabilidad hacia las comunidades.
Guayacanes en la ciudad: cuando lo nativo conquista el asfalto
En los espacios urbanos, Matsufuji promovió activamente la adopción del guayacán como árbol ornamental. El resultado es visible hoy en cualquier recorrido por las ciudades panameñas: esos destellos amarillos que explotan en las avenidas cada año son, en parte, consecuencia directa de su visión.
Introducir especies nativas en entornos urbanos es una apuesta por la biodiversidad, por la resiliencia de los ecosistemas y por una identidad urbana que no le da la espalda a su propio territorio. Matsufuji entendió eso antes de que se pusiera de moda hablar de ciudades verdes y sostenibilidad urbana.
El legado real
Aquí está el punto más importante —y el más difícil de cuantificar. Matsufuji no dejó un bosque con su nombre en un letrero. Dejó algo más valioso: una cultura de reforestación. Convirtió la siembra de árboles en un acto colectivo, accesible y necesario. Posicionó la sostenibilidad no como una agenda de expertos, sino como una responsabilidad compartida por cualquier persona —estudiante, campesino, vecino de barrio— que tuviera acceso a una pala y a un poco de tierra.
Ese cambio cultural es el que perdura. Ese es el legado difícil de borrar. A más de una década de su fallecimiento, Panamá continúa floreciendo —literal y simbólicamente— gracias a su influencia.

Las instituciones que impulsó siguen activas, los árboles que sembró siguen creciendo y las personas que participaron en sus programas siguen recordando que plantar un árbol es también un acto de fe en el futuro.
¿Qué nos enseña su historia sobre el impacto real?
Su trayectoria deja una lección incómoda para quienes buscan medir el impacto solo en cifras: los cambios más duraderos no siempre son los más espectaculares en el corto plazo. Un árbol tarda años en dar sombra. Una cultura tarda generaciones en consolidarse. Matsufuji apostó por el tiempo largo en un mundo que siempre quiere resultados rápidos, y ganó.

Semillas que germinan para la eternidad
La historia de Jorge Matsufuji es un recordatorio de que el verdadero impacto no siempre se mide en cifras, sino en las semillas que logran perdurar en el tiempo. Un empresario japonés que llegó a Panamá por negocios terminó siendo uno de los grandes arquitectos del paisaje verde que el país tiene hoy. No porque tuviera recursos ilimitados ni poder político, sino porque entendió algo simple y poderoso: si involucras a la gente, los árboles no mueren.
FUENTE / IMÁGENES: La Estrella / Matsuei.
IMÁGENES ADICIONALES: Panamá América / Erasmo Sierra.
¿Conocías la historia de Jorge Matsufuji y su impacto en la reforestación panameña? ¿Hay algún guayacán en tu barrio, en tu escuela o en tu comunidad que quizás tenga algo de su huella?
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