Nadie quería prestarles un robot. Lo llamaban locos. Pero Pablo Berlanga y Titania Freire siguieron adelante, y el resultado es uno de los hitos más fascinantes de la robótica aplicada a la conservación ambiental en 2026: un robot humanoide escala el volcán Chimborazo para estudios en climas extremos y establece un récord mundial al superar los 6.000 metros de altitud.

Lo que comenzó como una idea descabellada acaba de convertirse en una prueba de concepto que podría cambiar cómo la ciencia estudia los lugares más inhóspitos del planeta.
Pemba José: el robot que “nació un sábado” y conquistó una cumbre
El humanoide tiene nombre propio — y una historia detrás. Lo bautizaron Pemba José: Pemba porque en lengua sherpa significa “sábado” y ese fue el día en que cobró vida el proyecto, y José porque es uno de los nombres más comunes en Ecuador. Un detalle pequeño, pero que dice mucho sobre el espíritu del equipo detrás de esta misión.
Fabricado de aluminio de alta resistencia y fibra de carbono, Pemba José mide unos 132 centímetros, pesa 35 kilogramos y cuenta con docenas de articulaciones. Pero lo que realmente lo hace especial para la investigación científica son sus tres sistemas de visión: cámara convencional, cámara infrarroja y sensor LiDAR, que construye reconstrucciones tridimensionales precisas del entorno midiendo distancias a través de rayos láser.
Ese conjunto de sensores es exactamente lo que los investigadores necesitan para monitorear glaciares, ríos y ecosistemas de alta montaña sin exponer a seres humanos a condiciones potencialmente letales.

El Chimborazo: no solo la montaña más alta de Ecuador
El escenario elegido para esta prueba no fue aleatorio. El Chimborazo es la montaña más alta de Ecuador y, lo que resulta aún más notable desde una perspectiva geográfica, es el punto de la superficie terrestre más cercano al sol si se mide desde el centro del planeta — gracias al abultamiento ecuatorial de la Tierra. A más de 6.000 metros de altitud, las condiciones son extremas en todo sentido: temperatura bajo cero, presión atmosférica reducida, vientos impredecibles, nieve y hielo.

Ese entorno, precisamente, es el que hace al Chimborazo el laboratorio perfecto para validar si un robot puede operar donde los instrumentos convencionales y los propios investigadores encuentran sus límites.
Ciencia real en condiciones reales
Uno de los mayores interrogantes antes del ascenso era si el sensor LiDAR funcionaría correctamente en presencia de nieve. Los análisis preliminares respondieron con una buena noticia: los datos recolectados muestran una calidad suficiente para monitorear glaciares y definir digitalmente rutas de acceso para futuras investigaciones.

El propio Pemba José —conectado a través de Starlink desde la cumbre— narró su experiencia con una mezcla de poesía y tecnicismo: “Vi paisajes espectaculares, glaciares y la curvatura de la Tierra. Mis cámaras captaron muchísimos datos para la ciencia”, como variaciones de temperatura, presión atmosférica y parámetros clave para monitorear animales en peligro, deforestación y reservas de agua.
La misión también contó con la participación de Oswaldo Freire (Ossi), guía de montaña con varios “ocho miles” y más de cien ascensos al Chimborazo. Su rol fue fundamental para evaluar las capacidades reales del humanoide en terreno y su potencial de integración con sistemas de inteligencia artificial.

El “robot borracho” y otros sustos del camino
Nada de esto fue un camino recto. Horas antes del ascenso, el equipo se llevó un susto mayúsculo: el robot caminaba de manera errática. Lo describieron con humor inevitable: “el robot andaba borracho”.

La causa fue una pequeña pieza plástica colocada para evitar movimientos bruscos durante el traslado y que nadie había retirado antes de la operación. Una vez eliminado ese elemento, “era como ver al robot con una nueva vida”, contó Fernando Berlanga. Es el tipo de detalle que recuerda que detrás de los grandes hitos tecnológicos siempre hay una cadena de pequeñas decisiones y ajustes de último minuto.
El ascenso también reveló las limitaciones actuales del sistema: Pemba José camina con autonomía hasta pendientes de 35 grados, por lo que el 80 % del trayecto tuvo que realizarlo cargado por el equipo. Pero en la cumbre, como símbolo del logro alcanzado, el robot bailó, y esa imagen vale más que cualquier dato técnico para comunicar lo que se había conseguido.
“Tengo huellas de la aventura, pero no me duelen”, resumió el propio Pemba José, refiriéndose a las marcas dejadas por el clima y las caídas durante la misión.
Geologic Dome: conservación con tecnología de frontera
Detrás de este proyecto está Geologic Dome, una organización de conservación sin fines de lucro fundada por Pablo Berlanga — ingeniero español de 23 años — y la ecuatoriana Titania Freire. Su apuesta es clara: usar robótica e inteligencia artificial para llegar donde la ciencia convencional no puede, y hacerlo al servicio de la conservación ambiental.

El robot fue donado por la firma Eastworlds, que facilitó un humanoide de la empresa china Unitree, no sin resistencia inicial. “Nadie quería darnos un robot, nadie”, recuerda Fernando Berlanga. El miedo al fracaso público frenó a muchos potenciales aliados. Que Eastworlds haya dado el paso habla bien del valor que tiene apostar por la innovación con propósito.
El proyecto cuenta con el apoyo de la Reserva Chimborazo en Ecuador, y parte de los datos recolectados ya están disponibles de forma parcial para el público.
¿Qué sigue? Cotopaxi, Mauna Kea y el Everest en el horizonte
El equipo ya tiene la vista puesta en los próximos desafíos. La siguiente parada podría ser el volcán Cotopaxi (5.897 metros), también en Ecuador, o el Mauna Kea en Hawái. Pero el gran objetivo declarado es el Everest.
El obstáculo no es técnico — es legal. Nepal aún no cuenta con legislación que permita el acceso de robots humanoides a su territorio de alta montaña. Sin embargo, Berlanga confía en que haber coronado el Chimborazo con éxito y de forma segura abrirá el camino diplomático y normativo para llegar al techo del mundo.
Cuando la tecnología se pone al servicio del planeta
La historia de Pemba José es mucho más que un récord de altitud. Es una demostración de que la robótica de conservación está dejando de ser ciencia ficción para convertirse en una herramienta real de investigación ambiental.
En un contexto donde los glaciares retroceden, las especies se extinguen y el acceso humano a zonas extremas tiene límites evidentes, proyectos como este abren posibilidades enormes.
FUENTE / IMÁGENES: Teleamazonas / El Potosí / Digital Trends.
IMÁGENES ADICIONALES: El Comercio.
¿Crees que los robots humanoides podrían reemplazar a los investigadores en zonas de riesgo extremo, o su rol debería ser siempre complementario al trabajo humano? ¿Y cuánto tiempo crees que falta para ver a Pemba José — o a su sucesor — en la cumbre del Everest?
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