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Las travesías de científicos que investigan en laboratorios y de aquellos que se adentran en las selvas más inaccesibles del mundo en busca de descubrimientos inéditos siguen ampliando el patrimonio científico de la humanidad. El trabajo del biólogo chiricano Abel Batista es ejemplo digno de ello.
Décadas de incursiones en las montañas nubosas de Chiriquí y las profundidades del Darién, han revelado especies que la ciencia aún no conocía, convirtiendo a Panamá en un nombre que se repite con respeto en los foros de biodiversidad más importantes del mundo. Su historia merece contarse, y merece contarse bien.
Quién es Abel Batista y por qué importa
Batista no es solo un biólogo de campo. Es Doctor en Ciencias Biológicas, especializado en herpetología —el estudio de anfibios y reptiles— y ha desarrollado investigaciones en Panamá, Colombia y Alemania.
Actualmente lidera proyectos que cruzan tres grandes frentes: biodiversidad, conservación y cambio climático. El número habla por sí solo: más de 57 publicaciones científicas y cientos de citas académicas internacionales. En el mundo académico, las citas son la moneda de la credibilidad.
Que investigadores de todo el planeta referencien su trabajo significa que lo que Batista encuentra en las selvas panameñas tiene peso real en la conversación científica global.
Su base institucional incluye la Universidad Autónoma de Chiriquí (UNACHI), el Sistema Nacional de Investigación de SENACYT y la Fundación Los Naturalistas, una red de colaboración que le ha permitido sostener proyectos de largo aliento en regiones de difícil acceso.
Las serpientes caracoleras del Darién: cinco especies nuevas de una vez
Uno de sus hallazgos más recientes sacudió al mundo herpetológico con fuerza. En la revista científica ZooKeys, Batista publicó junto al investigador ecuatoriano Alejandro Arteaga y otros especialistas el descubrimiento de cinco nuevas especies de serpientes caracoleras, distribuidas entre Panamá, Colombia y Ecuador.
No se trató de un golpe de suerte. La investigación arrancó en 2012 con expediciones al Tapón del Darién, una de las regiones con mayor biodiversidad del planeta y, al mismo tiempo, una de las menos accesibles.
Más de una década de trabajo de campo, análisis moleculares y revisión taxonómica fue necesaria para poder afirmar con rigor científico que estas serpientes eran, efectivamente, especies nuevas para la ciencia.
El impacto fue concreto y medible: el número de especies de serpientes registradas en Panamá saltó de 155 a 157. Parece poco hasta que entiendes lo que implica añadir dos nuevas especies a un inventario que se construye con décadas de trabajo colectivo.
Las serpientes también necesitan relaciones públicas
Más allá del hallazgo en sí, Batista aprovechó la visibilidad del descubrimiento para lanzar un mensaje que le preocupa tanto como la taxonomía: la percepción negativa que la gente tiene de las serpientes.
“Desde que inicié mis exploraciones en las montañas de Panamá, tengo la percepción de que las serpientes caracoleras cada vez son menos abundantes, incluso en áreas de montaña virgen, como en el Tapón del Darién”,advirtió el investigador.
Pristimantis gretathunbergae.
La alerta combina varias amenazas: pérdida de hábitat, cambio climático y enfermedades parasitarias emergentes. Que estas serpientes sean menos visibles incluso en áreas prístinas es una señal de alerta ecológica que no debería ignorarse.
Salamandras sin pulmones: otro capítulo de la biodiversidad chiricana
El trabajo de Batista no se limita a las serpientes. Desde inicios de la década del 2000 ha dedicado parte importante de su carrera al estudio de salamandras en Chiriquí, una región que resulta ser un hotspot de anfibios con especies únicas en el mundo.
Entre sus descubrimientos más llamativos en este campo figura una salamandra sin pulmones del grupo Bolitoglossa, perteneciente a la familia Plethodontidae. Que un vertebrado respire exclusivamente a través de su piel y las membranas de su boca ya es extraordinario de por sí. Que encima sea una especie que nadie había descrito antes duplica la relevancia del hallazgo.
Durante más de dos décadas, Batista ha participado en la descripción de múltiples especies nuevas de anfibios y reptiles, y ha complementado ese trabajo con investigaciones moleculares para confirmar posibles nuevos hallazgos. Es ciencia acumulativa, paciente y metódica, del tipo que no genera titulares todos los días pero que construye el conocimiento que la humanidad necesita para entender qué está pasando con los ecosistemas del planeta.
Por qué las salamandras importan más allá de la ciencia
Las salamandras son bioindicadores excepcionales. Su piel permeable las hace extremadamente sensibles a cambios en la calidad del agua, la temperatura y la humedad del suelo. Cuando las poblaciones de salamandras caen, el ecosistema está enviando una señal. Documentarlas y estudiarlas no es un ejercicio académico abstracto; es construir el sistema de alerta temprana del bosque.
Una rana con nombre de activista: Pristimantis gretathunbergae
En 2022, Batista sumó otro capítulo memorable a su trayectoria. En el Cerro Chucantí, en la frontera entre las provincias de Panamá y Darién, él y el científico suizo Konrad Mebert describieron una nueva especie de rana que bautizaron como Pristimantis gretathunbergae sp. nov., en honor a la activista climática sueca Greta Thunberg. No fue un gesto caprichoso. Nombrar una especie nueva en honor a alguien es una tradición científica con siglos de historia, y la elección del nombre suele reflejar los valores del equipo investigador.
Batista y Mebert llevan más de una década trabajando juntos dentro de la Fundación Los Naturalistas, publicando artículos y describiendo especies. Poner el nombre de Thunberg a esta rana fue una declaración explícita sobre la urgencia de la crisis ambiental y el papel que los jóvenes activistas juegan en visibilizarla. El hallazgo de una especie en una zona remota de Panamá, bautizada en honor a una reconocida activista climática, refleja cómo la ciencia de campo se conecta cada vez más con el debate global sobre el futuro ambiental del planeta.
Panamá como laboratorio natural del mundo
Lo que el trabajo de Abel Batista deja en claro es algo que los panameños a veces subestiman: Panamá es uno de los territorios biológicamente más ricos y estratégicos del planeta. Un país que conecta dos continentes, concentra múltiples zonas climáticas y alberga ecosistemas que van del bosque nuboso al manglar tropical tiene, por definición, una biodiversidad extraordinaria.
Pero esa biodiversidad no se conoce sola. Necesita científicos dispuestos a caminar durante horas en terrenos difíciles, a revisar especímenes bajo lupa durante meses y a publicar sus hallazgos en revistas con revisión internacional. Eso es exactamente lo que Batista ha hecho durante más de dos décadas, construyendo un legado que trasciende las fronteras de Chiriquí y de Panamá.
El aporte no es solo académico. Cada especie documentada es un argumento más para proteger el territorio donde vive. Cada publicación científica es una evidencia que puede usarse en debates de política pública sobre conservación, uso del suelo y cambio climático.
Ciencia con raíces chiricanas, impacto global
Abel Batista encarna algo que necesitamos celebrar más en la región: el científico local que produce conocimiento de clase mundial sin necesidad de emigrar para hacerlo. Su trabajo desde la UNACHI, en alianza con SENACYT y redes internacionales de investigación, demuestra que la ciencia de frontera puede hacerse desde Chiriquí.
Cada serpiente caracolera, cada salamandra sin pulmones, cada rana que lleva el nombre de una activista sueca es un recordatorio de que Panamá todavía guarda secretos biológicos que el mundo necesita conocer, y de que hay panameños trabajando con rigor y pasión para revelarlos.
¿Sabías que Panamá podría albergar cientos de especies que aún no han sido descritas por la ciencia? ¿Qué tanto crees que el país está invirtiendo en proteger los ecosistemas que hacen posible este tipo de descubrimientos?
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