Hay una estadística que debería cambiar para siempre la forma en que la industria piensa sus productos: según la Fundación Ellen MacArthur, hasta el 80% del impacto ambiental de un producto se define en la etapa de diseño. Antes de que salga de la fábrica, antes de llegar al consumidor, antes de terminar en un contenedor de reciclaje —o en un vertedero— el destino ambiental de un envase ya está escrito en sus planos. Esa es la razón por la que diseño e infraestructura impulsan economía circular en la deseada transición hacia una nueva industria de alimentos y bebidas. Esta es una conversación que importa más que nunca.

El diseño como punto de partida
Durante décadas, la industria alimentaria consideró el envase un elemento secundario, pero esta visión está cambiando y a marchas forzadas. Hoy, incorporar criterios de circularidad desde las primeras etapas de desarrollo se está convirtiendo en un factor estratégico para responder a las nuevas exigencias del mercado, fortalecer la resiliencia de las cadenas de valor y preparar las operaciones para un entorno regulatorio y de negocio en constante evolución.
El número de la Fundación Ellen MacArthur no es una anécdota académica: es una hoja de ruta. Si el 80% del impacto se decide en el diseño, ahí es donde deben concentrarse los recursos, la innovación y las decisiones más importantes.
Pero el diseño solo no alcanza
Aquí viene la parte que muchas conversaciones sobre sostenibilidad omiten, y que marca la diferencia entre una estrategia real y un ejercicio de comunicación: diseñar un envase reciclable no es suficiente si no existe la infraestructura para reciclarlo. Para que un envase complete su ciclo de vida de forma circular, hace falta algo más que buenas intenciones en la mesa de diseño.
Hace falta infraestructura de recolección, sistemas de clasificación eficientes, capacidad de reciclaje instalada y, sobre todo, colaboración entre empresas, gobiernos, consumidores y recicladores que permita mantener los materiales en circulación de forma continua y económicamente viable.
Guillermo Pugliese, director de Sostenibilidad para Tetra Pak Centroamérica, Caribe, Andina y México, lo expresó con precisión: “Diseñar un envase para que pueda reciclarse es solo el primer paso. Para que la economía circular funcione, es indispensable fortalecer toda la cadena de valor, desde la recolección hasta el reciclaje, mediante modelos económicamente sostenibles y autosuficientes en el largo plazo, adaptados a la realidad de cada país”.
Esa última frase —adaptados a la realidad de cada país— es clave. No hay un modelo único. Lo que funciona en Alemania no necesariamente funciona en Panamá o en Colombia, y pretender que sí es uno de los errores más frecuentes en la implementación de políticas de circularidad en América Latina.
Los tres pilares que identificó Tetra Pak
El Informe de Sostenibilidad FY25 de Tetra Pak sintetiza bien la arquitectura de lo que se necesita para avanzar hacia una economía circular real en la industria:
- Diseño para el reciclaje como punto de partida no negociable.
- Expansión de los sistemas de recolección y reciclaje como condición habilitante.
- Y fortalecimiento de la cadena de valor como estrategia de largo plazo que incluye el desarrollo de mercados para materiales reciclados.
Estos tres pilares se refuerzan entre sí. Sin diseño adecuado, la infraestructura no puede procesar los materiales eficientemente. Sin infraestructura, el mejor diseño del mundo termina en el vertedero. Y sin mercados que paguen por los materiales reciclados, toda la cadena pierde viabilidad económica.
El eslabón que más se subestima: los mercados de materiales posconsumo
Este punto merece atención especial porque es donde más frecuentemente se rompe la cadena circular en nuestra región. Para que el reciclaje funcione de manera sostenida, no basta con que existan envases recuperados. También debe existir infraestructura capaz de transformarlos en nuevas materias primas y debe haber compradores dispuestos a pagar por esas materias primas recicladas a precios que hagan económicamente viables a los recicladores.
El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) lo señala directamente: favorecer la inversión y la sostenibilidad económica del sector es un elemento fundamental para fortalecer los sistemas de gestión de residuos en América Latina y el Caribe. Cuando esa demanda existe, se fortalecen las cadenas de recolección y se consolida un ecosistema completo que se sostiene solo, sin depender eternamente de subsidios o campañas de concientización.
El modelo colaborativo: todos tienen un papel
Uno de los mensajes más importantes que emerge de esta conversación sobre circularidad es que ningún actor puede resolver el problema solo. La industria no puede. Los gobiernos tampoco. Ni los consumidores por sí mismos.
Pugliese fue claro al respecto: “Cada actor tiene un papel que desempeñar. Las empresas debemos seguir innovando en el diseño de los envases; los gobiernos pueden promover marcos regulatorios alineados con la realidad local; los recicladores son un eslabón fundamental para recuperar los materiales; y los consumidores contribuyen separando correctamente sus residuos. Solo mediante esta colaboración será posible construir sistemas de reciclaje sostenibles en el tiempo”.
Es una declaración que suena simple pero que en la práctica requiere niveles de coordinación que la región aún está construyendo. Los marcos regulatorios en América Latina son heterogéneos y en muchos casos insuficientes.
Los sistemas de recolección formal tienen coberturas limitadas. Y la educación del consumidor sobre separación de residuos sigue siendo una asignatura pendiente en la mayoría de los países. Reconocer esa realidad no es pesimismo: es el primer paso para diseñar intervenciones que funcionen en el contexto específico de cada territorio.
Una oportunidad para la industria
Más allá del imperativo ambiental, hay una lectura de negocio que la industria de alimentos y bebidas está empezando a internalizar: la circularidad no es solo un costo de cumplimiento regulatorio. Es una ventaja competitiva.
Las empresas que integran criterios de circularidad en sus procesos de diseño hoy están construyendo resiliencia ante los riesgos de escasez de materias primas vírgenes, anticipándose a regulaciones que inevitablemente se volverán más exigentes y respondiendo a consumidores que cada vez exigen más transparencia ambiental a las marcas que eligen.
Bajo este enfoque, Tetra Pak diseña sus envases para ser reciclados allí donde exista la infraestructura adecuada, y colabora con gobiernos, clientes, recicladores y otros aliados para fortalecer las cadenas de recolección, clasificación y reciclaje. El objetivo es que los envases recolectados puedan reincorporarse a procesos productivos como materia prima, cerrando el ciclo de forma efectiva. Ese es el estándar al que toda la industria deberá aproximarse en los próximos años, quiera o no.
Reflexión final: ¿estamos listos para cerrar el ciclo?
La transición hacia una economía circular en la industria de alimentos y bebidas no es una tendencia pasajera ni un ejercicio de relaciones públicas. Es una transformación estructural que está redefiniendo las reglas del juego para fabricantes, proveedores, gobiernos y consumidores por igual. La pregunta ya no es si la circularidad llegará a dominar la industria. La pregunta es quién liderará esa transición en nuestra región y con qué velocidad.
FUENTE / IMÁGENES: Nota de prensa.
IMÁGENES ADICIONALES: Pexels.
¿Crees que los consumidores latinoamericanos están listos para asumir su parte en esta cadena? ¿Qué cambios regulatorios o de infraestructura consideras más urgentes para acelerar la economía circular en Panamá y la región?
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