De superar un cáncer a campeona del mundo: la historia de Eva Pérez

De superar un cáncer a campeona del mundo: la historia de Eva Pérez

A los 35 años le diagnosticaron cáncer de mama. Más de una década después, Eva Pérez es campeona del mundo de Kettlebell Sport con récord mundial incluido. Su historia no tiene desperdicio.
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Hay victorias que se miden en medallas y hay victorias que se miden en todo lo que costó llegar al punto de poder competir. La historia de Eva Pérez pertenece a las dos categorías a la vez. Esta mujer de Gijón acaba de proclamarse campeona del mundo de Kettlebell Sport tras superar un cáncer de mama que la dejó sin reconocerse en el espejo, sin poder abrocharse el sujetador y sin ganas de salir de casa.

campeona del mundo de Kettlebell Sport

Más de una década después, su nombre suena en un podio en Moldavia con récord mundial incluido. Y ella todavía no termina de creérselo.

La vida antes del diagnóstico

Antes de que el deporte ocupara ese lugar tan importante en su vida, Eva tenía otro sueño cumplido: su propia pescadería en la Plaza del Sur de Gijón.

Había empezado muy joven en el oficio, primero en una panadería y después en una pescadería, donde descubrió que le encantaba el trato con la gente y el trabajo con el pescado.

“Me empezó a gustar todo lo que era el trabajo de la pescadería, el hablar con la gente, el trabajar el pescado, me encanta y me encantaba”, recuerda. Tenía su negocio, su rutina y una vida que describe con dos palabras: contenta y supergenial.

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Pero a los tres años de abrir la pescadería, al final de un verano, se tocó el pecho derecho y notó un bulto. Había adelgazado mucho, pesaba poco más de 45 kilos y lo achacaba al estrés y a las largas horas de trabajo. Tras acudir al médico y pasar las pruebas correspondientes, llegó el diagnóstico: un tumor de cuatro centímetros y medio. Tenía 35 años.

Yo no daba un duro por mí

Lo que vino después fue un proceso largo y duro. Quimioterapia, cirugía, radioterapia y un tratamiento posterior que se prolongó durante año y medio, con sesiones de quimio cada 21 días. Eva cuenta que al principio intentó afrontarlo con entereza, sin llorar, tratando de seguir adelante. Pero el proceso dejó una huella que va mucho más allá de lo físico.

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“Yo no daba un duro por mí cuando terminé con todo el proceso”, reconoce. “Es más, estuve dos años mal, con una depresión y no quería salir de casa.” No era solo el agotamiento. Era también el impacto de mirarse al espejo y no reconocerse: una cicatriz que no quería ver, un pelo que ya no era el suyo, un cuerpo que sentía ajeno.

Los dos pilares que la sostuvieron

En medio de ese momento, Eva menciona dos apoyos una y otra vez. Su marido, Pascual, que estuvo especialmente presente en uno de los instantes más difíciles: la última sesión de quimioterapia, cuando Eva no quería ponérsela. “Si yo aquel día le hubiera dicho a Pas: ‘No quiero más sesiones de quimio, me quiero quedar’, a lo mejor no estaría viva ahora mismo. Y ahora mismo estoy aquí.”

El otro pilar fue Leo, un galgo que adoptó durante el tratamiento después de enterarse de que iban a sacrificarlo en una perrera de Burgos. “Me lo llevé para casa y él tiró de mí. Mi perro para mí fue un pilar fundamental.” En sus propias palabras: el amor de su vida, pero el otro amor de su vida.

El deporte como camino de vuelta a una misma

La recuperación no llegó de golpe. Llegó con pequeños gestos que para Eva significaban enormidades: mover el brazo, vestirse sola, cargar una botella de dos litros. Uno de esos logros lo recuerda con una precisión que dice mucho sobre lo que vivió: “Esto parece una tontería, pero el poder abrocharte el sujetador atrás lo conseguí después de cuatro años de haberme enfermado.”

Fue en ese proceso de recuperación de la autonomía cuando se acercó a un box de CrossFit en Pola de Siero. Llegó con su informe médico bajo el brazo preguntando si podía hacer algo, aunque tuvieran que adaptar los movimientos. Empezó con prudencia, siempre con supervisión médica y de fisioterapia.

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La primera vez que levantó una kettlebell

La primera vez que cogió una kettlebell, Eva sintió algo muy concreto que va más allá del esfuerzo físico: “Ver que podía.” No se trataba de levantar una pesa. Era comprobar que su cuerpo todavía podía responder, que no se iba a quedar estancada, que la fuerza y la confianza eran recuperables.

“Fue como también decir: ‘Madre, ostras, puedo. Qué bien, he podido con esto.’”

Con el tiempo, ese primer contacto se convirtió en algo mucho más serio. Eva empezó a entrenar Kettlebell Sport, una modalidad que combina fuerza, resistencia y una concentración mental exigente.

Aunque ya había tenido algún contacto previo con el deporte, asegura que lleva entrenándolo en serio menos de un año. Y en menos de un año llegó al Mundial.

Moldavia, el podio y la sorpresa

Eva viajó a Chisináu, Moldavia, con la selección española con una consigna clara que le habían repetido su entrenador y su seleccionadora: hacer su trabajo y disfrutar. Su prueba consistía en 12 minutos levantando la kettlebell sin soltarla, una exigencia que combina resistencia física y control mental en partes iguales.

“Yo fui a lo mío”, cuenta. “No estaba mirando a nadie, no sabía cómo habían quedado mis compañeras, porque al final son compañeras también.” Al terminar, pensó que quizá habría quedado cuarta o quinta. Incluso se decía a sí misma que estar entre las diez primeras del mundo ya era algo enorme.

Pero sus compañeros ya sabían lo que ella todavía no: había ganado. Cuando escuchó su nombre en la entrega de medallas, la reacción fue tan espontánea como honesta: “Lo primero que me salió, con perdón, fue: ‘¡Hostia, pero soy primera!’”

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Después llegaron las lágrimas, el podio y el himno. Y días más tarde llegó otra noticia inesperada: además del título mundial en la categoría 45-54, había conseguido un récord mundial de repeticiones. “Lo mejor de todo fue el récord mundial que hice. Me lo dijeron a los tres, cuatro días.”

Una medalla que habla de todo lo que hubo antes

campeona del mundo de Kettlebell Sport

En lo más alto del podio, Eva no pensó solo en el deporte. Pensó en los tratamientos, en los días sin querer salir de casa, en la sensación de no valer nada, en quienes tiraron de ella cuando ella no podía.

“Para mí es un sueño, es un logro personal y es un logro comunitario. Pero sobre todo personal, porque yo, si te soy sincera, pensé que nunca jamás podría llegar a ser nada.”

Cuando habla de lo que le diría a alguien que atraviesa una enfermedad o un momento muy difícil, Eva no da grandes discursos. Habla desde lo vivido, con una claridad que solo da la experiencia real: “Que busquen un apoyo en algo, en un animal, en su marido, en una amiga, en su madre, en algo, que vean que sí se puede y que la vida es muy bonita, que aunque nos pasen estas cosas es muy bonita.”

Y sobre el deporte, no hay dudas: “El deporte a mí me lo ha dado todo. Ahora mismo no concibo la vida sin deporte.”

Ganar también es atreverse a empezar de nuevo

La historia de Eva Pérez no es solo una historia deportiva. Es una historia sobre lo que significa reconstruirse sin negar lo vivido, sobre encontrar un propósito cuando todo parecía roto y sobre la diferencia que hacen las personas y los animales que eligen quedarse en los momentos más oscuros.

Hay una frase suya que lo resume todo mejor que cualquier análisis: “Si aunque lo intentes no sale, no pasa nada, pero por lo menos lo has intentado y no te has quedado con la cosa de decir: ‘¿Y si hubiera?’”

¿Conocías el Kettlebell Sport antes de leer esta historia? ¿Y qué papel crees que puede jugar el deporte en los procesos de recuperación tras una enfermedad grave? Déjanos tu opinión en los comentarios y comparte esta historia, porque Eva Pérez merece que su nombre llegue mucho más lejos que Moldavia.

FUENTE / IMÁGENES: La cara buena del mundo / Eva PF.

IMÁGENES ADICIONALES: ADN / Noticias Morelos.

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