Hay preguntas que los gobiernos llevan décadas sin responder y que una estudiante de secundaria decidió abordar en una feria científica escolar. María Javiera Valenzuela, de 17 años, diseñó un sistema híbrido que combina energía eólica, solar y un microreactor nuclear con combustible TRISO para reducir drásticamente el uso de diésel en las estaciones de investigación antárticas de Chile.

Su propuesta estima que una base grande podría evitar unas 3,254 toneladas métricas de CO₂ al año y volverse competitiva en costos frente al diésel en un horizonte de 20 a 30 años. No es un proyecto aprobado ni una obra en construcción, pero es exactamente el tipo de pregunta que el mundo necesita que alguien se atreva a hacer.
Por qué la Antártida sigue quemando diésel en 2026
La dependencia del diésel en las bases antárticas no es una cuestión de falta de voluntad ambiental. Es una cuestión de física y geografía extrema. En la Antártida, la energía no es un confort: es lo que mantiene los laboratorios operando, los sistemas de agua funcionando, las comunicaciones activas y los edificios habitables durante un frío que puede ser letal.
La energía solar y eólica pueden contribuir, pero su producción es irregular. Las largas temporadas de oscuridad y la variabilidad climática hacen que no puedan garantizar el suministro constante que una base científica necesita para operar con seguridad. Por eso los generadores diésel siguen siendo el núcleo del sistema energético en la mayoría de las estaciones.
El problema ambiental que nadie ve en la postal antártica
Quemar diésel en la Antártida no solo emite CO₂. Produce también carbono negro —hollín que se deposita sobre el hielo y la nieve, absorbe la radiación solar, reduce la reflectividad de la superficie y acelera el derretimiento—. En uno de los ecosistemas más sensibles y menos perturbados del planeta, ese impacto acumulado es difícil de ignorar.
El problema es visible, recurrente y conocido. Lo que faltaba era alguien dispuesto a proponer una alternativa concreta.

La propuesta de Valenzuela: un microgrid que combina lo mejor de dos mundos
El sistema diseñado por Valenzuela para la Feria Antártica Escolar de Chile 2026 parte de una lógica clara: usar las energías renovables cuando las condiciones lo permiten, y confiar en el microreactor para el suministro base constante que el viento y el sol no siempre pueden garantizar.

El componente nuclear del sistema se basa en un microreactor con combustible TRISO: partículas diminutas con un núcleo de uranio y cuatro capas protectoras de carbono y cerámica diseñadas para retener los productos de fisión radiactivos y resistir temperaturas extremas. La Agencia Internacional de Energía Atómica clasifica este tipo de reactores como capaces de producir hasta 10 MW eléctricos, con la ventaja de poder operar alejados de grandes redes eléctricas.
En términos prácticos, el reactor funcionaría como la columna vertebral energética de la base, mientras el viento y el solar aportan electricidad adicional cuando las condiciones son favorables.
Los obstáculos reales que el proyecto no esquiva
Uno de los aspectos más sólidos de la propuesta de Valenzuela es que no ignora las complicaciones. Y en el caso de la Antártida, esas complicaciones son de peso institucional e histórico.
El Tratado Antártico prohíbe expresamente las explosiones nucleares y la eliminación de residuos radiactivos en el continente. El Protocolo Ambiental exige evaluaciones de impacto rigurosas antes de que cualquier actividad nueva pueda proceder. Un reactor real necesitaría una ruta creíble para retirar los materiales radiactivos del continente y un plan de emergencia detallado para uno de los entornos más aislados del planeta.
Ninguno de esos desafíos es insuperable en el largo plazo, pero todos son reales. Y plantearlos honestamente —como hace el proyecto— es lo que convierte esta propuesta en un ejercicio científico serio y no en una fantasía tecnológica.

Una trayectoria que empezó con un correo que llegó a la bandeja de su mamá
La historia de Valenzuela tiene un punto de partida que vale la pena contar. Su camino en ciencia y tecnología comenzó cuando una invitación del programa Niñas Pro llegó al correo electrónico de su madre durante su primer año de preparatoria. Ese correo cambió una trayectoria.
Hoy, en 11° grado en el Liceo Experimental Manuel de Salas de Santiago, acumula 14 certificados de cursos, hackathons y competencias científicas. Fue seleccionada entre los 16 estudiantes del programa atomZOOM 2026 de la Comisión Chilena de Energía Nuclear, un taller intensivo de cinco días sobre técnicas nucleares y analíticas. Y participó en el International Nuclear Engineering Bootcamp 2026, que reunió a 30 estudiantes de secundaria para formación avanzada en reactores, seguridad y transición energética.
La victoria en la NASA que vino antes
Antes de que su propuesta antártica captara atención, Valenzuela ya había ganado como parte de Stellar Minds, un equipo de seis estudiantes que se adjudicó la categoría principiante en la etapa de Santiago del NASA Space Apps Challenge 2025. Su prototipo, EarthlyData, utilizó datos satelitales de la NASA para mapear floración, vegetación, condiciones climáticas y riesgos de plagas —construido en 48 horas en un evento con más de 300 participantes.
La conexión entre ambos proyectos es directa: uno convierte datos de observación terrestre en información ambiental útil; el otro reimagina cómo las estaciones de investigación aisladas pueden obtener energía limpia y confiable. Herramientas distintas, mismo instinto científico.
Lo que significa su visibilidad
Valenzuela dice ser la única estudiante en su comunidad escolar enfocada en estas áreas, así que usa las redes sociales para explicar ciencia y animar a más jóvenes —especialmente mujeres— a considerar carreras en tecnología y medio ambiente. Su mensaje es directo: “La clave es atreverse y romper estereotipos.”
Y tiene razón. La confianza temprana suele crecer después de la primera aplicación, la primera presentación, la primera sala donde una estudiante se da cuenta de que pertenece ahí.
Los grandes debates energéticos no siempre empiezan en ministerios
¿Va a construirse un microreactor en una base antártica chilena gracias a esta feria escolar? Probablemente no, al menos no pronto. Pero eso no es lo que hace valiosa esta historia.
Lo valioso es que una joven de 17 años puso sobre la misma mesa el diésel antártico, el carbono negro, la seguridad energética y la responsabilidad nuclear —y lo hizo con rigor, honestidad sobre los límites y una propuesta técnica concreta. Eso es exactamente lo que necesita el debate energético global: más personas dispuestas a preguntar por qué el viejo generador sigue haciendo tanto del trabajo.
FUENTE / IMÁGENES: Ecoticias.
IMÁGENES ADICIONALES: Pexels / Javi Stem Lab.
¿Crees que los microreactores nucleares tienen un papel real en la transición energética de regiones extremas e aisladas? ¿Qué te parece que sea una estudiante de 17 años quien esté formulando estas preguntas antes que muchos planificadores energéticos?
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